El precio de ser diferente: La odisea de Uber y Blablacar

7 comentarios en “El precio de ser diferente: La odisea de Uber y Blablacar”

  1. Aún a pesar de estar de acuerdo en todo lo que comentas, me gustaría profundizar aún más en cómo la tecnología actual (porque el ser humano lleva aplicando tecnología desde el inicio de los tiempos, obvio pero parece que nadie lo tiene en cuenta) está cambiando la manera de relacionarnos los humanos. Y estos cambios actuales son muy profundos: el marco laboral, las ocho horas postindustriales que todavía mantenemos como un tótem de lunes a viernes, el sagrado fin de semana. El eCommerce es 24 horas, 7 días a la semana y 365 días al año. Ya no hay barreras ¿estamos de acuerdo? Pues entonces cómo vamos a mantener un sistema político, social, económico y cultural que se basa en una época anterior. ¿Y ahora qué? Los modelos disruptivos en el canal de distribución B2C está suponiendo que sobran dependientes de comercio, operarios, oficiales de talleres por la deslocalización industrial, taxistas, libreros, kioscos de prensa, tiendas de discos, tiendas de deporte, las colas para comprar entradas…. y esto se traduce en un aumento de desempleo de larga duración, aumento de los costes del estado de bienestar, disminución de los ingresos fiscales y una disparatada deuda de la administración pública. El telón se abre, la función continua pero ¿cómo terminará la obra?

    1. De acuerdo con que el cambio de modelo B2C ha traído un descenso de personas empleadas, pero la economía colaborativa aparece para dar un soplo de aire fresco. Es una puerta abierta a nuevos puestos de trabajo.
      Hace tan solo 10 años no existían muchos de los puestos de trabajo que ahora son vitales en las empresas como el Community Manager, el experto en SEO… Esto no para y lo que es mejor, es imparable 🙂

  2. Muchísimas gracias José por tus interesantes reflexiones y aportaciones históricas. En mi opinión nos encontramos justamente en un punto de inflexión entre el modelo tradicional y el nuevo paradigma basado, entre otros principios, en la colaboración. Toda transición implica un momento de ‘tensión’ en el que un buen número de los empleos que valían en un sistema dejan de valer en el nuevo (como es el caso del ejemplo de Ludismo o de bastantes de las profesiones que citabas); ello no significa que sea malo per se, sino que todavía hay que esperar y ver cuáles son los nuevos puestos generados. Entonces, ya sí, tendremos un punto de comparación y podremos ver si la ‘balanza’ en términos de desempleo se inclina más hacia un lado o al otro. ¡Seguimos!

  3. El asunto de este post es muy interesante. Es curioso comprobar cómo, a pesar de aquellos que consideran que los avances tecnológicos y el “progreso” -sin saber muy bien qué entendemos por progreso en muchos casos- son buenos en sí mismos, no deja de ser necesario una reflexión profunda sobre su impacto moral. A mi juicio, el asunto tiene un planteamiento sencillo, aunque su resolución pueda ser muy compleja. Creo que ambos planteamientos, los que se han comentado más arriba, son correctos en términos de validez moral; es decir, es buena, muy buena la economía colaborativa. Creo que es el gran paso de este siglo. Por otra parte, es verdad que ciertos avances no hacen más que reducir al mínimo la necesidad de trabajo, de personal y tiene un impacto social negativo. Quienes se oponen a ciertos avances que los excluyen, que los vuelven “obsoletos”, tienen sus razones de peso para reaccionar en contra de ciertos cambios. A menudo subyacen ciertas injusticias que hay que resolver.

    Cuando aparece alguna controversia, tengo la costumbre de preguntarme, para empezar: ¿a quién beneficia? Esta pregunta resuelve bastantes dudas en un primer momento, aunque no sea más que el principio, el esbozo de una reflexión más trabajada. A riesgo de ser tachado de marxista, etiqueta con la que claramente no me identifico, tomo una cita de Marx que me parece muy acertada para los tiempos que corren y juzgar algunos de los frutos de la “modernidad”. Dice así: “Un negro es un negro. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo. Una máquina de hilar es una máquina de hilar, sólo bajo determinadas condiciones se convierte en capital. En tanto que máquina, ahorra esfuerzos a la humanidad y la libera del imperio de la necesidad. En tanto que capital, alarga la jornada laboral”.

    El asunto de la tecnología y los avances tecnológicos que nos hacen la vida más fácil debe ser considerado en función del receptor de los beneficios que aporta. Estas plataformas colaborativas -como así se autodefinen- son empresas que buscan su propio beneficio y no son verdaderas comunidades colaborativas. Evaden impuestos o bien apenas los pagan por no estar su actividad regulada. No estoy a favor de impuestos abusivos, pero sí de una igualdad impositiva para todos, garantizar que todos aportamos en la misma medida para conseguir una sociedad más justa. Las empresas de transportes, las licencias, etc., tienen, sin duda, unas cargas impositivas abusivas que hace de la profesión, en muchos casos, una tarea penosa. La historia es siempre la misma: se carga de impuestos al más desfavorecido y todos los privilegios van a parar a quienes, por su posición, de más recursos disponen.

    Imaginemos un escenario en el que el Estado, es decir, cada uno de nosotros, dispusiera de medios productivos. Pongamos, por ejemplo, las energías renovables. Es un buen ejemplo de proyecto fallido por la presión ejercida del lobby de la energía, grandes empresas que especulan con algo tan serio como la energía de un país. En tal caso, en el que el Estado o los Ayuntamientos o cualquier entidad local o cooperativa, dispusiera de fuentes de ingresos propias. Puesto que el fin último de una institución es beneficiar a sus integrantes -un concepto muy comunal y participativo que se nos olvida a veces-, todos los beneficios se reparten entre sus integrantes legítimos. En ningún momento uno a varios accionistas actuarán en beneficio de una minoría accionista, ya que tal minoría no existe. Aunque el planteamiento puede parecer algo comunista, está en el fundamento de nuestras democracias. Francia no es un país comunista, sin embargo, el Estado participa en empresas privadas y saca beneficios por tal participación, tomando la palabra en función de su participación. Sin embargo, nadie consideraría a Francia un estado aliado y afín a Corea del Norte por este motivo.

    En conclusión, creo que el problema del impacto de ciertos avances tecnológicos en la economía, cuando se trata de un impacto negativo, es debido a que sus beneficios van a parar a una minoría que, en general, son grandes empresas y monopolios que, por su ventaja competitiva abrumadora que las convierte casi en monopolios -recordemos que los monopolios, en teoría, están estigmatizados en teoría por el neoliberalismo-, a la larga, se convierten en grandes evasores que no redistribuyen los beneficios de su actividad a través de los impuestos, obligación a la que sí están sometidos el resto de los mortales. Hay que fomentar las nuevas tecnologías en la producción pero hay que revisar constantemente en beneficio de quién se llevan a cabo estas “actualizaciones” industriales. Es necesario descubrir el velo de aquellas iniciativas que se autodenominan colaborativas, pues a menudo es sólo una pose, una estrategia de marketing. Ahora vende lo “eco”, lo “participativo”, eso lo saben las grandes marcas. Si queremos iniciativas colaborativas, estas deben ser promocionadas por la propia comunidad, a partir der estructuras cooperativas reales que de verdad beneficien a la mayoría, a la comunidad. Todo mi apoyo a las iniciativas como Blablacar y Uber, siempre que se legisle en beneficio de la mayoría, con una cierta sensibilidad a la justicia de la distribución de recursos. ¿Por qué no implantar un blablacar, por ejemplo, a nivel institucional, por llamarlo de algún modo? ¿Os acordáis de los carriles VAO (carriles de alta ocupación)? ¿No es esta una forma de apoyo a la economía colaborativa, un blablacar de otro tiempo? ¿Dónde están esos carriles? Ahora ya sólo se estilan autopistas de peaje. ¿Por qué no una iniciativa estatal para la economía colaborativa? En Francia -no digo que sea el mejor modelo- hay áreas señalizadas como “covoiturage”. Es decir, áreas donde hacer paradas, intercambios, etc., para este tipo de prácticas colaborativas de transporte.

    Una vez más, creo que la innovación no es mala en sí -salvo excepciones-, sino el uso que se hace de ella. Es ahí donde reside, a mi juicio, la clave de esta cuestión.

    1. Carlos muy interesante tu reflexión. Estoy totalmente de acuerdo con tigo en casi todo lo que dices pero veo como algo tan sencillo como una regulación que beneficie a todos, hace que esto deje de ser un problema o ser algo de lo que personas puedan protestar.

      Desde las plataformas de economía colaborativa y todas las personas que defendemos esta nueva revolución, nunca se ha rechazado una regulación. Al contrario, siempre decimos que necesita ser regulado. Pero una regulación que haga que todos salgamos ganando, y cuando digo todos no me refiero a las plataformas web sino a los protagonistas en ellas, las personas.

      Gracias por tu aportación Carlos 🙂

  4. Gracias en primer lugar Carlos por tus interesantes aportaciones, esperamos verte más por aquí. Me han llamado poderosamente la atención dos notas: En primer lugar, el criterio-reflexión de ‘¿Quién está ganando?’ para un conflicto dado, y en segundo lugar el necesario recordatorio (porque tiene a olvidarse) de que el Estado somos todos.

    Uniendo ambos asuntos, me gustaría poder afirmar que la economía colaborativa va a ser beneficiosa para toda la comunidad y ello, cómo no, habría de incluir al Estado. Está por ver tanto la forma en la que este fenómeno se regula como el grado en el que termina de calar en la población. ¿Se ‘interpretará’ definitivamente como la poderosa herramienta que puede realmente cambiar este mundo a mejor? Algunos ‘locatis’ pensamos que sí. Seguiremos 😉

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